13.7.08


Regresos y sanaciones

La última vez que estuve en avenida Manuel Montt Nº 425 fue en octubre de 1973. Aquel sábado regresé cerca de las 20:00 horas. Gina y Beatriz salieron corriendo a encontrarme. Debía irme de inmediato. Hacía media hora que los carabineros de la 19ª Comisaría de Providencia, ubicada en avenida Miguel Claro Nº 300, habían partido. Un vecino, buen ciudadano experto en fabricar miguelitos durante los paros de los camioneros, les había avisado que allí vivía un terrorista experto en armas, fabricación de bombas y atentados diversos, que había estudiado en Moscú. Los uniformados se alarmaron en extremo. Aquella casa casi colindaba con el patio trasero de la comisaría, en que había una cancha multiuso. Y se imaginaron al terrorista apuntándoles con una ametralladora mientras jugaban graciosamente al basketbol, o volando la comisaría completa con una bazooka... No sabían que el arma más peligrosa que había manipulado era una honda...

Montaron un rápido operativo bien apertrechado en armas, vehículos y efectivos, que alertó a los vecinos en aquel atardecer. Encontraron a los dueños de casa, un matrimonio de edad, y dos de sus hijas (otra hija y los dos hijos varones estaban ausente). Hallaron una biblioteca de libros escritos en marciano, con signos extraños, nada comprensible, salvo los números. La gente decente escribe y lee en lenguas cristianas, se dijeron. Arrasaron con todo (¿el equivalente a cuantos estipendios mensuales, botellas de vodka, de vino, latas de caviar, contundentes kalbasa, frascos de kornichons, habría allí?). Al medio de todo, mi diploma, con la foto en que salía tan bonito. Se llevaron el paquete entero para “examen más detenido”. Los residentes les dijeron que yo me había ido hacía unos meses, no sabían de donde venía ni adonde había partido, un huésped poco parlanchín, retraído, quizás venía del campo, o del norte, vaya uno a saber… Carabineros permaneció allí una hora y media. Otro operativo en vista o la hora del rancho les hizo partir, dejando bien claro la ventaja de avisarles rápidamente en caso que yo apareciese. Lo mismo recomendaron a los vecinos.

Ese sábado apliqué una retirada estratégica. Dos días después volví en la oscuridad. Con los oídos bien abiertos, tratando de distinguir ruidos sospechosos con olor a botas, toda la noche conversé con Beatriz buscando las cinco patas al gato: ¿qué hacer? Ella también estaba complicada. Estaba haciendo su práctica en Digeder (Dirección General de Deportes y Recreación) que, extrañamente, dependía del Ministerio de Defensa. ¿Presentarse a las autoridades? Esta eventualidad nos traía a la mente la imagen de los corderos marchando al matadero. ¿Pasar a la clandestinidad? ¿Con qué recursos, con que red de apoyo, para hacer qué…? Sin considerar que esto podría significar confesión de pecados no cometidos. Llegamos a una conclusión salomónica: hacernos los lesos. Yo volvería a mi pueblo, ella seguiría en su casa, mientras buscábamos salir del país. Yo no tenía a donde ir, y tenía aún algunas cosas que hacer en Santiago. Julián me llevó a casa de Ho Chi Mihn, donde me apareció el primer par de canas. Pero eso lo contaré algún otro día.

Fui al Departamento de Personal de la repartición pública en que había trabajado hasta hacía unas semanas y, mientras mis amigos que trabajan allí miraban hacia el techo, vacié mi expediente para hacer perder mi rastro. Para facilitar mis trámites para emigrar me encontré con el problema de que mi diploma había sido expropiado y no podría mostrar mi calidad de profesional. Recordé que toda contratación en la función pública envía el expediente a Contraloría. Fui allí y lo pedí. El funcionario volvió examinándolo, pálido y asustado: ¿Sabe usted la suertecita que tuvo de que lo atendiera yo? Cualquiera otro, y usted en este momento estaría saliendo a la rastra y bien custodiado… Tuve la intención de abrazarlo y persignarme. No hice lo uno ni lo otro, y me fui tratando de disimular el temblor de las rodillas. Aún conservo aquella copia del diploma.

Nunca más volví a Manuel Montt. En 1974 dejé el país. Regresé en vacaciones recién en 1985 y luego en 1988. Volví definitivamente en 1992, radicándome en Viña del Mar. En ninguna de esas ocasiones me di una vuelta por aquella calle, aunque pasé varias veces por avenida Providencia en bus y en metro. Inconscientemente, me negaba a afrontar aquella pesadilla, temiendo inconscientemente que alguien me reconociera. En aquel tiempo, en la entrada había una casa de dos pisos donde funcionaba una Inspección del Trabajo. Al fondo había otra casa también de dos pisos, donde viví. En los ’80, en esa dirección funcionó la Revista Análisis.

Este viernes 4 de julio tuve que ir a Santiago, por gestiones en la embajada en preparación de mi viaje a Montreal. Al terminarlas, tomé el metro hacia el centro. Casi sin darme cuenta, me bajé en la estación Manuel Montt. Parecía un buen momento para cerrar aquel círculo. Desde avenida Providencia caminé hacia Eliodoro Yáñez. Tuve que cruzar la avenida “11 de septiembre”. En esa esquina, el “Rincón Brasileiro”, que avisa que “en este local se reúnen cazadores, pescadores y otros mentirosos”. El otrora barrio de pequeñas casas, panadería, fábrica de empanadas, ha cambiado su carácter, ante los garajes, pequeños boliches, grandes clínicas, la Universidad Mayor. Llego al Nº 425. Un gran letrero anuncia su actual vocación: Los Chavales, Taberna Española, y otro más pequeño especifica el menú: jamón serrano, chorizo, gambas a la plancha, tortilla española, calamares a la plancha, riñones al jerez, ostiones, callos a la madrileña, joder, coño! La puerta del pasaje está abierta. Al fondo, se ve la casa. No se ve a nadie. A la tercera pasada, me decido y entro hasta medio patio húmedo, vacío y feo. Tomo fotos. La casa parece más pequeña, destartalada, de un azul agresivo y triste a la vez, probablemente inhabitada.

Doy una última mirada a aquella casa en que Miguel Orrego y su familia –incluyendo sus hermanas Betty, Gina, Ana María y su hermano Patricio- me acogieron por año y medio y que, con su silencio aquel día del allanamiento hace ya 35 años, quizás me salvaron la vida. Nuestra universidad no estaba a la moda en aquellos días.

Foto: Miguel Orrego, primavera de 1965.

29.6.08


Allende

Carlos Peña

Visto a la distancia, el Chile de los sesenta resulta inverosímil. Para advertirlo basta un dato: cuatro de cada diez jóvenes chilenos lograban ingresar entonces al liceo y apenas un puñado de ellos conseguía terminar el ciclo de la enseñanza secundaria. De éstos, por su parte, un ínfimo puñado logra hacerse de un cupo en la universidad: menos de cinco por cada cien. Los pingüinos -los escolares como multitud- entonces no se conocían. Casi ninguno había alcanzado siquiera a pisar un colegio.

Y eso que sucedía en educación, ocurría también en salud y en vivienda.

En una palabra, la desigualdad de la que hoy día -con razón- nos quejamos no existía. Había algo aún peor: exclusión. Grandes sectores de la sociedad puestos al margen del sistema productivo, de la industria cultural, del sistema escolar.

En suma, la estructura productiva era incapaz de incorporar a amplios sectores.

Al lado de ella, sin embargo, según sugirió alguna vez Aníbal Pinto, había un sistema político incluyente y amplio que estimulaba las expectativas de todos.

Es lo que salta a la vista cuando uno se detiene a mirar los rastros y las huellas de esa época. Multitudes cuya pobreza parece entrar en contradicción con el carácter de sujetos colectivos, que, al mismo tiempo, son capaces de exhibir. Como si en el Chile de los setenta el reino de la necesidad fuera a parejas con el de la libertad. Como si el programa de Hegel -la masa convertida en sujeto- se hubiera cumplido de una vez por todas.

Esa es la escena a principios de la segunda mitad del siglo pasado. Una estructura productiva que dejaba al margen a grandes mayorías, y un sistema político, que, en cambio, las incluía y les permitía expresar sus demandas. Una estructura de producción que rehusaba a muchos incluso la condición de explotados, pero que concedía a todos la condición de sujetos partícipes de un destino común.

Es en medio de esa escena -esa contradicción- que se forja la figura final de Salvador Allende.

Él pensó que era posible modificar de manera radical esa estructura productiva sin sacrificar un ápice las rutinas, demasiado expansivas, del proceso político. Hacer cambios, que en otras partes se habían logrado a sangre y fuego, a punta de votos. En una palabra, transitar al socialismo, la igualdad en su máxima expresión, con las armas de la democracia. Todo un desafío: hacer algo que los clásicos del marxismo -fieles a una teoría violenta de la historia- habían rechazado una y otra vez. Fue la revolución de las empanadas y del vino tinto.

Al perseguir ese objetivo en apariencia insensato, Allende mostraba las características de un político de excepción, capaz de adherir, con el mismo énfasis y pareja sinceridad, a objetivos en apariencia inconsistentes: el logro de la igualdad en su máximo nivel y, a la vez, el respeto por la diferencia que exige la democracia. Él representó -mirado a la distancia no es poco- una radical voluntad de cambio con una insobornable voluntad democrática. Se apegó a las rutinas, a los modales y a las costumbres de la democracia con el mismo entusiasmo con que abrazó el deseo de igualdad para las mayorías entonces excluidas.

Un político capaz de dejarse llevar por esas ideas, que sabemos opuestas, y usarlas para seducir a otros, es una muestra de voluntad excepcional, una voluntad que sólo tienen los santos y los héroes. Una voluntad que hoy -cuando la política o se confunde con el narcisismo o con un trabajo alimenticio- parece una rareza.

Allende quemó así los últimos cartuchos del estado de compromiso que rigió los destinos de Chile entre el año 1932 y 1973: un arreglo social en el que las capas medias se hacían del Estado y arbitraban, mediante múltiples mecanismos -que iban desde el cabildeo en los pasillos del Congreso a la negociación en La Moneda- los conflictos sociales.

Allende fue, al mismo tiempo, la culminación de ese estado de compromiso y la entrada en el umbral de su fracaso. Como él dijo, con la lucidez de los condenados a muerte, se trataba de un tránsito histórico.

Y enfrentado a él pagó con su vida.

Hay varias formas de empalidecer la figura de Allende y se han ensayado casi todas. A su preocupación por la igualdad, se opone su frivolidad de burgués insustancial; a su riguroso apego a la democracia, su apoyo a los movimientos insurreccionales; a la expansión del consumo que alcanzó su gobierno, la escasez dramática que padeció el tercer año; a la valentía de sus horas finales, la amargura del suicidio; a la conciencia histórica que exhibió, el narcisismo de sus relaciones privadas.

Todos esos intentos son pueriles -no hay un gran hombre que a la mirada del burgués no parezca un amasijo de contradicciones- y ninguno de ellos logrará hacer olvidar que Allende dejó la valla a una altura que ninguno de sus contemporáneos, ni nadie hoy día, alcanza.

Ni de lejos.

El Mercurio, domingo 29 de Junio de 2008

28.6.08

La UP, ¿una locura?


Los sectores de derecha (empresarial y política) han tenido éxito en presentar ante las nuevas generaciones (y aún ante ciertos protagonistas de entonces) una imagen unilateral del gobierno de la Unidad Popular, como una tentativa programática y una acción de gobierno desbocada, digna de postulantes a la camisa de fuerza. Ni en su empeño ni en sus logros habría nada rescatable, nos dicen.


El programa de la UP era, ciertamente, de profundas transformaciones estructurales: pretendía instaurar una nueva realidad económica, social y política, en que las necesidades y aspiraciones de las mayorías fueran consideradas, en que el protagonismo les perteneciera.


Era necesario y posible aplicar tal programa, decía la UP. Pero, ¿era una pretensión aislada en la realidad latinoamericana? No. Dicho programa se inscribía en el contexto de las ideas, programas y fuerzas transformadoras que en aquel entonces predominaban en el continente. Veamos la ilustración de esto.


1. La idea del cambio necesario


A fines de los años ’50 y principios de los ’60, se había ido imponiendo en los círculos dirigentes de la derecha latinoamericana y de Estados Unidos la idea de que era imprescindible tomar la iniciativa de realizar algunos cambios estructurales, en aras de algunos grados de eficiencia económica y de equidad, pero también para salvaguardar lo esencial del régimen económico. Los de abajo estaban cada vez más impacientes. A los de arriba les era cada vez más difícil guardar las riendas por las vías electorales. La vasta gama de dictaduras que dominaron América Latina en los años ’50 había caído una tras otra. A los gobiernos democráticos que las habían reemplazado no les iba muy bien. La inestabilidad era la regla. En Chile también se había concluido que debía maquillarse algún tipo de cambio para evitar las marejadas.

Así, el gobierno derechista de Jorge Alessandri (1958-1964), el último de dicho signo elegido democráticamente en nuestro país, había prometido y realizó una reforma agraria, tan limitada que se le llamó “reforma agraria de macetero”: consistió en la distribución de tierra fiscales abandonadas.


La Iglesia Católica chilena, siguiendo la doctrina social de la iglesia, entregó tierras a los campesinos.

El gobierno de John Kennedy (1960-1963) adoptó el programa de la Alianza para el Progreso, vasto programa de ayuda financiera y asistencia técnica a gobiernos que se comprometieran a algunos cambios estructurales, en particular la reforma agraria.

El gobierno del DC Eduardo Frei Montalva (1964-1970) aplicó un programa de cambios profundos, bajo la consigna de “Revolución en Libertad”. Hizo aprobar una ley de reforma agraria que introdujo la noción de “responsabilidad social de la propiedad”, la misma que aplicó luego Allende (1970-1973); la ley de sindicalización campesina; la ley de juntas de vecinos y de centros de madres; la chilenización del cobre (sociedad del Estado chileno con empresas norteamericanas); etc.

En su programa, el candidato DC a la presidencia en 1970, Radomiro Tomic, establecía que “las estructuras sociales ya no sirven más en Chile”, que “es impostergable la transformación de la vieja institucionalidad, de base social minoritaria y de expresión capitalista en un nuevo orden social vitalmente democrático”, y prometía que “nacionalizaremos de inmediato e integralmente las principales empresas del cobre”, estableciendo que “la meta suprema es la participación popular, es la sustitución de las minorías por el pueblo organizado en los centros decisivos de poder e influencia que existen dentro del Estado, la sociedad y la economía nacionales”. Existían, pues, importantes coincidencias entre los programas de Tomic y Allende.

El cardenal Raúl Silva Henríquez declaraba: “Las reformas básicas contenidas en el Programa de la UP son apoyadas por la Iglesia chilena (...). Nosotros vemos esto, la Iglesia ve esto con inmensa simpatía (...), la mayoría de las reformas planteadas por la UP coincide con los deseos, con los planteamientos de la Iglesia, así que hay un apoyo claro” (entrevista en “Las Últimas Noticias”, 12.11.70).

En resumen: los principales contenidos del programa de la UP estaban impuestos por la realidad nacional y, además, estaban en la sensibilidad de otras fuerzas político-morales de Chile y el extranjero. Recordemos el proceso peruano encabezado por el general Velasco Alvarado; el boliviano, que arrancara en la revolución de 1952 y su Ley de Reforma Agraria (agosto de 1953); el panameño, con el general Torrijos desde 1969, etc. ¿Se requiere mencionar la revolución cubana, iniciada en 1959?


2. Cambios que perduran, apropiados por otros

Varios aspectos de primera importancia del programa de gobierno –y de las realizaciones- de la UP han sido retomados posteriormente, incluida la dictadura. La paternidad, por supuesto, no ha sido reconocida. Sobrevolemos algunos.

1. Descentralización administrativa, rol de los municipios. El programa de Allende establecía su disposición a iniciar inmediatamente un proceso de descentralización administrativa, conjugada con una planificación democrática y eficiente. Se modernizaría la estructura de las municipalidades, reconociéndoles la autoridad correspondiente en acuerdo con los planes de coordinación del conjunto del Estado. Serían los organismos locales de la nueva organización política. Se les entregarían los medios financieros y las atribuciones adecuadas que les permitiría –en colaboración y estrecha coordinación con las juntas de vecinos- ocuparse de los problemas comunales. Las asambleas provinciales funcionarían en la misma perspectiva. La dictadura se jacta se haber “propuesto” e “iniciado” dicho proceso de descentralización.

2. La reforma agraria. Durante los años ’50, la agricultura chilena se caracterizaba por los dos extremos de la gran propiedad de tierras cultivables no utilizadas y por métodos atrasados de cultivo, y las muy pequeñas propiedades que no bastaban para asegurar el sustento de sus propietarios. Vale decir, los dos extremos del latifundio y del minifundio, despilfarro en un extremo, lucha por la supervivencia en el otro. La reforma agraria iniciada bajo el gobierno de Frei Montalva iba justamente en el sentido de plena utilización de la tierra, creando unidades eficientes, con métodos y maquinaria moderna, para satisfacer las necesidades internas y asomarse al mercado internacional. La reforma agraria terminó con el latifundio, con los métodos feudales de explotación. Permitió el ingreso del capitalismo en el campo. Ese proceso es el punto de partida de la pujante agricultura actual, que aporta casi tantas divisas como el cobre al país.
3. El rol del Estado en la economía en general y la necesidad de políticas de seguridad social, con diferentes contenidos e impacto, por cierto, según las características de cada gobierno. El Estado como promotor de las condiciones legislativas, de infraestructura, de estabilidad, etc. Hace unos meses, el senador DC Eduardo Frei Ruiz-Table, frente a la debacle del Transantiago, ha insistido en que debe tomarse la medida implementada en los países desarrollados: estatizar el transporte público. La derecha de hoy asume este rol dinámico del Estado, en el contexto de predominio del mercado, por supuesto.

4. El medio litro de leche y, en general, la necesidad de que el Estado se ocupe activamente de la alimentación de los niños a través de las escuelas y la red de salud con la distribución de leche. Hoy hay consenso en la ciencia económica de que la pobreza, la desigualdad extrema en la distribución del ingreso nacional, con su impacto en la salud y las posibilidades de acceso a la educación y la capacitación, son obstáculos para el desarrollo económico. Hoy se considera al conocimiento como un factor de producción. Uno de los elementos del círculo vicioso de la pobreza y la indigencia es la desnutrición. La idea de entregar a cada niño medio litro de leche diario era una de las muchas medidas contempladas para una real política de igualdad de oportunidades para las nuevas generaciones. Hoy en día, incluso en las movilizaciones y huelgas del magisterio se respeta la entrega de almuerzo a los niños.
5. Derecho de voto a las FF AA. Una de las medidas importantes de Allende era la disposición a entregar el derecho a voto a los miembros de las FF. AA. y a integrarlos a tareas de desarrollo nacional. En suma, las FF. AA. como un estamento integral de la ciudadanía. La oposición interpretaba aquello como elementos distorsionadores de la misión “natural” de dichos cuerpos armados, un intento de subvertirlas. La dictadura no tuvo inconveniente filosófico de entregarles dicho derecho a voto, de pregonar su aporte a la construcción de la Ruta Austral (Cuerpo Militar del Trabajo), de incorporar a la Constitución su rol garantes de la institucionalidad, etc. Aún hoy, el voto militar, concentrado en algunas mesas electorales, constituye casi voto cautivo para la derecha.

6. La policía. Sería reorganizada, decía el programa de la UP, para que sus métodos garantizaran efectivamente el pleno respeto de la dignidad y la integridad física de los ciudadanos. El régimen penitenciario sería transformado para asegurar la recuperación de quienes delinquen. Los gobiernos de la Concertación se guían por estos principios, más allá de los eventuales excesos.

7. La nacionalización del cobre. Codelco aún es una empresa estatal. Ni la dictadura se atrevió a privatizarlo.

8. El parlamento unicameral. Esta propuesta de Allende fue considerada por la oposición como supuesta prueba inequívoca de la intención de la UP de instaurar un régimen de tipo soviético o cubano. Hace algunos meses, se ha escuchado a dirigentes y parlamentarios de la DC proponer instaurar en Chile un congreso unicameral, alabando sus ventajas en términos de eficacia y economía en el trabajo parlamentario.

Hoy se oculta que un programa como el de Allende fue posible por el fracaso del sistema económico imperante, por el fracaso del modelo capitalista entonces existente, cuyas principales características eran la protección contra la competencia externa, el alto grado de concentración, la ineficiencia y la ineficacia, el escaso aporte al desarrollo nacional y a la satisfacción de las necesidades del consumidor.

Los procesos revolucionarios no son inventados, no nacen de la nada. Hay condiciones objetivas que los posibilitan. Hay hombres y movimientos sociales que comprenden aquellas. Agreguen a eso sentimientos a veces difusos sobre justicia social, fraternidad, solidaridad, y se tendrá lo que se ha llamado condiciones subjetivas. De allí se inician dinámicas sociales. Dinámica iniciada en el gobierno de Frei Montalva, acelerada bajo el de Allende.

Ya se sabe que los sueños pueden terminar en pesadillas, que duran 17 años, a veces más, a veces menos. Pero su inspiración perdura mucho más.

Quienes hoy intentan administrar sueños, y distorsionarlos, y aceptan la versión de quienes los arrasaron a sangre y fuego, terminarán como burócratas ignorados por la historia con minúscula. Aún más de la gran Historia.

3.5.08

Cronistas y crónicas

He estado en la onda de leer cronistas por estas semanas y meses. He leído, por ejemplo, "Animales Literarios Chilenos", una de tantas recopilaciones de Enrique Lafourcade, con inevitables temas recurrentes, repeticiones, ausencias como castigos, egoísmos evidentes, pero que, sin embargo, entretiene.

También "El whisky de los poetas", de Jorge Edwards, un poco más denso, muy variado en su temática, con obsesiones varias, con capacidad de ver el mundo girando a su alrededor sin marearse, mirándolo con lupa cuando necesita dar efecto multiplicador y deformante a incidentes menores para obtener algún tema trascendental que le asegure ediciones y traducciones varias, como lo ilustra tan bien su "Persona non grata", que leí hace ya mucho en Montréal con irritación creciente por su ombliguismo. En su empeño editorial contó con la preciosa ayuda de la Junta Militar, que lo prohibió, a pesar de que Jorge alimentaba generosamente todos los estereotipos que “fundamentaban” la represión aquellos primeros años de la dictadura (fue publicado en francés en 1976). Según Jorge, todas las FARC, los Círculos de Defensa de la Revolución, los aparatos de inteligencia cubanos, lo habían colocado en lista negra por haber sostenido conversaciones con el escritor disidente Heberto Padilla y otros, a consecuencia de lo cual el gobierno cubano lo habría declarado persona no grata y solicitado al gobierno de Allende el reemplazo de este molesto funcionario de la embajada. Su destinación allí había durado algunos meses, lo que habría bastado, según Edwards, para casi desestabilizar a la revolución cubana.

Leí con mortal aburrimiento y bostezos surtidos "Memorias poco diplomáticas, algo de aquí, mucho de allá", del diplomático Oscar Pinochet de la Barra, que me interesó exclusivamente por su destinación a la Unión Soviética, que recorrió ampliamente, y por ser especialista de la Antártica. No son memorias ni crónicas, no tienen mucho ni de aquí ni de allá. Su pluma no es prolija ni entretenida. Seguramente fue mejor diplomático.

Me prometo releer "Días y noches de amor y de guerra" y también "Contraseña", ambos de Eduardo Galeano, el de la prosa que se desliza sin estridencias pero llevando poderosos sedimento bajo su elegancia sencilla.

En el diario La Nación Domingo, bajo la rúbrica “Ojo de loca no se equivoca”, leo las crónicas de Pedro Lemebel, de quién además leí la recopilación "Loco afán, crónicas de sidario", y leeré algún día su novela “Tengo miedo torero”, sobre los amores de una pareja homosexual, uno de los cuales es miembro del FPMR (¿agregará algo a lo dicho en la novela y película "El beso de la mujer araña", que trata el mismo tema, ubicado en Brasil?). En los años ’80, formó “Las yeguas del Apocalipsis”, dos artistas que escandalizaban a la buena sociedad con sus performances. En La Tercera leo a Jaime Baily, escritor peruano y animador de TV en Lima y en Miami, en que narra en detalle penas, suspiros, anhelos, goces de su relación con un efebo argentino. De vez en cuando intercala datos sobre sus vacaciones con sus dos hijas.

- Son buenos, digo a un amigo sobre estos dos últimos.
- Sí, responde, no son malos. Pero, ¿por qué meten tanto mariconeo en sus escritos?...

No logro discernir en la interrogante de este amigo si se trata de discrepancia literaria o más bien expresa temor al autoanálisis.

31.03.08

1.4.08


Cuba y las “reformas”


Al referirse a situaciones políticas, siempre hay al menos dos enfoques o análisis posibles. En el primero, se expresan los deseos o el “deber ser” que uno quisiera. En el otro, se toman los factores objetivos (sobre todo) y subjetivos (en el sentido marxista, con perdón de algunos lectores), las fuerzas en presencia (y sobre todo su correlación) nacionales y extranjeras, la interpretación (donde no estará ausente cierto subjetivismo) de los dichos y hechos de los protagonistas del tema que se analiza. En otras palabras, se parte diciendo “esto es lo que hay; ¿qué conclusiones podemos sacar?”. Creemos que esto último ayuda a aclarar mejor las situaciones. El primero también es útil en cierto sentido, siempre que se parta diciendo “esto es lo que yo quisiera”. Las cosas claras desde el inicio, en suma. “Organicémonos”, decía un amigo en otro contexto.

Esto se aplica con particular pertinencia a la situación actual de Cuba. Veamos algunos hechos “duros”. Primero, Fidel, por su incapacidad física, traspasó el mando a su hermano Raúl directamente; luego lo solemnizaron o legitimaron vía parlamento, haciéndolo acompañar por la vieja guardia (“vieja” por la edad y por sus concepciones). Segundo, el objetivo declarado es continuar el proceso revolucionario, según su particular visión: nadie ha expresado desde el poder, ni siquiera hiperbólicamente, que cambiarían las estructuras políticas, económicas, sociales (pareciera que están lejos de siquiera avizorar ni siquiera alguna versión del modelo chino actual). Tercero, Raúl ha expresado que desea terminar con algunas “prohibiciones” o limitaciones que son excesivas y no se justifican. En este sentido, durante el mes de ejercicio (o poco más) como Presidente titular, ha dicho que liberará la venta de PC, CD, DVD, TV y celulares.

Hay quienes se han declarado decepcionados por el avance lento e insignificante. No hay razón para ello, si ponemos atención:

1. Porque, para evaluar se necesitan referentes, que generalmente son metas y /o programas o calendario más o menos específicos, que en este caso no los hay, por un lado.

2. Por otro, más importante, debemos referirnos a situaciones concretas. Estamos hablando de un Estado monolítico, con cincuenta años de poder incompartido, centralizado al extremo, con rasgos de oposición interna realmente insignificantes, marginales (por impacto, por potencial cercano de incidir, de movilizar, de oponerse, justamente: en el corto y mediano plazo lo testimonial no cuenta, generalmente). No se ve que dicho poder estatal se vaya a “esfumar” como ocurrió en la Unión Soviética, aunque la vida tiene sorpresas (pero ningún análisis serio podría basarse en esta eventualidad). La represa del poder estatal parece aún muy fuerte y muy lejana la posibilidad de resquebrajamientos que provoquen el desborde popular con que muchos del exilio sueñan.

3. En dicho marco, el traspaso del poder de Fidel a Raúl es eso: un “préstamo” de parte del poder. Fidel tenía y tiene todo el poder por sí mismo: él es el poder. Raúl puede ser despojado de las apariencias de poder si sus acciones preocupan lo suficiente a Fidel, al PCC, a las FF.AA. Por eso, debe marchar sobre huevos, ilustrar con hechos que pueden hacerse cambios sin costos políticos negativos, ganarse voluntades de los ciudadanos y de algunos burócratas de la jerarquía, para que lo dejen hacer. Debe evitar el error grave de decirse frente al espejo en las mañanas: “yo soy el Presidente, coño!”.

¿Qué desea hacer Raúl? Aviso necesario, para ser consecuentes con lo dicho en el primer párrafo: aquí empieza la especulación. Seguramente es sincero cuando dice que quiere eliminar algunas prohibiciones, que son muchas y la mayoría innecesarias para mantener el monolitismo. Son los aspectos administrativos que joden la vida diaria, las piedrecillas en el zapato, que hacen que el ciudadano sienta que tiene ambos zapatos amarrados por el mismo cordón; quienes hayan vivido en Cuba podrán ilustrar este punto. También los hay a nivel microeconómico. Raúl sería respetuoso con su mandato limitado si más adelante (¿en unos días, semanas, meses, años?) planteara dar un poquito más de libertad a la actividad privada: zapateros, artesanos, comerciantes, turismo (ya hay restaurantes “por la libre”), carpinteros, albañiles, pintores de brocha gorda, gasfiters, etc. También si un día su señora lo manda al mercado de productos agropecuarios y ve la escasez y mala calidad de los productos ofrecidos y pregunta a los vendedores “¿qué pasa, chico?” y el chico le responde “déjame cultivar el patio de mi casa, el terrenito de mi suegro, y te lleno esto de lechugas y tomates, compañero”. Y él responde –después de consultar, por supuesto- “dale, pues”.

La autorización para comprar PC, CD, DVD, TV, etc., sugiere que tal vez, tal como ocurría en la URSS (billones y billones de rublos), existe un alto ahorro en los bancos, durmiendo porque el mercado no ofrece nada para comprar. Si a ello se agregara un aumento de los ingresos por la libertad de ejercer ciertos oficios, la demanda pujante buscaría oferta. En la era “raulista” esto se podría lograr mediante el aumento leve de las importaciones, por la escasez de divisas; el aumento del trueque internacional y, sobre todo en una primera etapa, aumento importante de la producción nacional, lo que podría llevar a liberalizar nuevas esferas de la actividad privada. En fin.

Existen escuelas de economía política, sociología y ciencias políticas que aseguran que las esferas de la economía y la política no son sectores estancos, que son vasos comunicantes, que se influyen mutuamente, en una dialéctica no fácilmente predecible en cuanto a los tiempos y a las intensidades. De manera más “prosaica”, cierto analista y líder político decía: “la economía pequeño-burguesa genera capitalismo cada hora, cada día...”. Es la dinámica de los hechos sociales, en suma.

Naturalmente, hay que seguir pidiendo y exigiendo mayores espacios de libertad, de transición hacia la democracia, aunque sea en versión cubana, pero con toda su esencia.

Sin embargo, y continuando con las especulaciones, pareciera que hay sólo tres vías de transición desde el comunismo puro y duro: el chino, en que se injerta el mercado en un sistema político con las riendas bien firmemente tomadas, que ha funcionado bien hasta ahora (si obviamos el precio humano y medioambiental pagado), y que no sabemos adonde conducirá; el ruso, en que el sistema se desvanece ante la indiferencia general y el potro del capitalismo salvaje arrolla todo y a todos, con sufrimientos del siglo 18 y 19 para la inmensa mayoría, con un polo extremadamente rico y otro excesivamente pobre; y el yanqui: la invasión, con el mismo resultado anterior.

En todo caso, cualquiera sea el tránsito, nada (o casi) tendrán que decir el pueblo cubano ni los exiliados. El futuro de la isla está diseñado desde hace mucho en las oficinas de caoba y aire acondicionado de las corporaciones gigantes. Esto no es cinismo: es realismo, por desgracia. Es la globalización, que dicen.

De todas maneras, un llamado a perder las ilusiones sin perder las esperanzas. Los cubanos se lo merecen.

9 marzo 2008.

22.3.08

¿Cambia, todo cambia?


En las reuniones partidarias, gran parte de los socialistas ya no levanta los puños cerrados al viento. ¿Evolución ideológica o transcurso del tiempo? Ya se conocen los estragos que provoca la artritis. O quizás otros símbolos están a la moda.

9.3.08


Zaldívar y la soledad

Carlos Peña

Domingo 09 de Marzo de 2008

Hay gente que se junta entre sí no porque se atraiga, coincida, tenga afinidades en los ratos libres, imagine proyectos en común, se guste o necesite conversar. A veces la gente se junta simplemente porque está sola. El frío de la soledad les hace acercarse.

Eso, que ocurre a veces en la vida, es frecuente en política.

Es cosa de fijarse en Flores, Bianchi, Cantero y Zaldívar. Entre ellos no hay nada, o casi nada. Zaldívar descree del mercado, Flores es un entusiasta de él; Zaldívar cita a Maritain, Flores prefiere a Rorty; uno se obsesiona con las Pymes, el otro con las nuevas tecnologías; uno gusta aparentar severidad, el otro displicencia. Entre Flores y Cantero, salvo cierto parecido en la envergadura si se los mira a lo lejos, tampoco hay nada. De no ser por los avatares de la política, Flores no habría reparado en Cantero. Y entre Bianchi y el resto pudiera haber algo; pero mientras la modestia le impida al senador dar a conocer sus ideas no podremos saberlo.

Así entonces no hay nada entre ellos. Salvo, claro, la soledad.

La versión política de la soledad queda bien reflejada en la máxima: el enemigo de mi enemigo es mi amigo. O en su equivalente: si no tengo amigos, tengo a los enemigos de mis enemigos.

El resultado de todo eso es lo que se conoce como Comité de Senadores Independientes.

La inmediata consecuencia de ese Comité será la designación de Adolfo Zaldívar como Presidente del Senado por un año con el apoyo de la Alianza. A cambio, ese mismo Comité apoyará a la Alianza para que presida el Senado el año que viene.

Y ese es el problema.

Porque nada justifica que cuatro senadores independientes -los que, salvo Bianchi, son lo que técnicamente se llama tránsfugas- accedan a ese cargo. Es posible entender que sea la Alianza la que presida el Senado. Después de todo es casi el cincuenta por ciento. Lo que es difícil de entender es que un puñado de personas que hicieron abandono de las tiendas a cuyo amparo fueron elegidos -en una palabra, una minoría ínfima- pueda poner a allí uno de los suyos. Y no es cosa de talentos personales -puesto que Zaldívar los tiene- sino de representación que es, como sabemos, uno de los principios básicos del régimen democrático.

El caso no tiene nada que ver con la elección de Gabriel Valdés a inicios de los noventa. Valdés fue elegido con los votos de la UDI no porque Valdés se acercara a ella, sino porque Jaime Guzmán, dando la undécima muestra de cuán fría era su cabeza, entendió que la mayoría tenía derecho a ese cargo.

Ninguna de esas consideraciones ha inspirado a la Alianza para la probable elección de Zaldívar.

Aquí sólo hay una mezcla de soledad y matemática. La soledad la pone Zaldívar. La matemática la Alianza. No es más que eso.

Porque tampoco hay vínculos entre la Alianza y Zaldívar; salvo el encono con la Concertación y los lazos familiares. Pero no hay ideas en común, a menos, claro, que la derecha se hubiera puesto alérgica a eso que su candidato de hoy llama "el modelo".

El asunto, sin embargo, no tendrá grandes repercusiones. La presidencia del Senado es una de esas posiciones que el psicoanálisis (una de las actividades que compite de igual a igual con la política en esto del poder y del conflicto) llamaría "edípicamente significativa". Se trata de esos cargos que la gente se disputa no por el poder real que conceden, sino porque, en su inconsciente, representan al padre. Eso explica que al luchar por ellos la gente se comporte como los niños: se comprometan con intensidad afectiva, hagan declaraciones épicas, imaginen estratagemas, hagan pequeñas trampas y, por un momento, tengan la fantasía de grandes cosas.

Pero no. Sólo es la imaginación. La realidad es más pobre.

La verdad es que el cargo no concede demasiado poder. Y la soledad sigue allí. Y los amigos -Flores, Cantero, Bianchi, la Alianza- no son amigos.

Apenas son los enemigos de los enemigos

8.3.08

FESTIVAL DE VIÑA Y FARANDULITIS


El Festival de la Canción de Viña del Mar es un evento en el cual la competencia musical (géneros internacional y folclórico) es un mero accesorio bastante molesto –y mediocre, en realidad- para los espectadores y televidentes. Del Festival –organizado y difundido por segundo año consecutivo por TVN y Canal 13- se cuelga una infinidad de subproductos emitidos por todos los canales nacionales y medios escritos y muchas radios. Es un ejemplo anual de parasitismo, esa forma particular de simbiosis. Al múltiplo. Casi no hay alternativa medial durante una semana. El elemento fundamental es la farándula y, en segundo lugar, el show internacional compuesto fundamentalmente por has been. Curioso –y preocupante- que el entorno sea más importante que el centro.

César Isella, respetado autor, compositor y cantante argentino, invitado como miembro del jurado folclórico, se declaró confundido: “No sabía que esto era una competencia de culos”. Se olvidó de su complemento: las tetas.

Una cosa buena del festival es que termina luego de una semana. Tiempo suficiente para evidenciar la capacidad de invertir dinero en inepcias por parte de los medios y de las empresas que los auspician y de consumirlas por parte del público. Ocasión para reiterar el argumento falacioso: se difunde lo que el público quiere. La verdad es que la chatarra se prepara rápido, es barata, no exige mayor esfuerzo mental y tiene muchos consumidores. Los contadores de las respectivas empresas están muy contentos.

Además, y contagiándonos del ambiente festivalero, sirvió para corroborar lo dicho por Raquel Argandeña. En efecto, no hace alarde de sus muchas cirugías plásticas: ni se le notan. Tampoco representa los cincuenta años que acaba de celebrar: pareciera tener varios más... y desde hace tiempo. Agreguemos una fuente de frustración para ella: su hija parece destinada a superarla a una edad más temprana y en un registro más amplio.

5.2.08

PALABRAS

Nos hacían leer bastante en la educación media en aquellos tiempos. Como esto estaba en mis cuerdas, cumplí todo el listado de obras del programa y seguí de largo, hasta hoy. De aquellos años recuerdo en particular la generación del 98 en España, de escritores que decían “me duele España”. Escritores del detalle, de la cosa pequeña, de la anécdota cotidiana pero significativa: Azorín. Escritores que escudriñaban las palabras, establecían su árbol genealógico, hurgaban sus significados aparentes y profundos: Unamuno, quién agregaba la sabiduría a veces rebuscada de las paradojas. Muchos otros. Todos amantes de las palabras, y por lo tanto respetuosos de ellas, de sus significados. Artesanos y artistas de la palabra.

Hoy, encontramos demasiados consumidores de palabras, como si fueran papas fritas. Las agarran, se las echan al gaznate y luego parecieran eructarlas. Las torturan, las retuercen, para disfrazar contenidos, cuando se utilizan en determinado contexto, o cuando se aplican a determinadas instituciones o personas.

Del período de las dictaduras latinoamericanas de los ‘70’ y ’80, inspiradas en la Doctrina de seguridad nacional; de las dictaduras de los ’40 y ’50, de gorilas, caciques, latifundistas, que sólo buscaban poder y dinero sin mayor adorno ni disfraz; de las feroces dictaduras asiáticas, africanas, etc., llegué a una conclusión (que los palos enseñan a gente, decían nuestros abuelos, o por lo menos lo dejan a uno predispuesto a la filosofía, digo yo). Y es que tanta masacre, tanto detenido desaparecido, tanto torturado, tanta Operación Cóndor, tanto exilio, a lo menos deben tornarnos prudentes en la utilización de ciertos conceptos, en la identificación de ciertos atributos nobles con determinadas instituciones.

Algunas de estas se enorgullecen de presentarse como genuina encarnación de la sociedad, del país, de la nación en que se desarrollan. Por ejemplo, la iglesia, el empresariado, las fuerzas armadas, y tantas otras. Estas buenas almas, llenas de voluntad, no reparan en que atribuirse dicha calidad tiene un corolario: se es encarnación de lo bueno y de lo menos bueno. La sociedad, cualquiera sociedad (la chilena, por ejemplo, vamos) epocalmente determinada (seamos postmodernos en nuestros conceptos), tiene cierto porcentaje de genios, de seres brillantes, de gente inteligente, y también de imbéciles redomados (que no lo son más porque no se levantan más temprano, me ilustra un amigo); de gente trabajadora, con capacidad emprendedora, comprometida con el trabajo bien hecho, pero también de holgazanes a tiempo pleno; de héteros y homosexuales, incluyendo a quienes hacen pasajes entre ambos extremos; de gente noble, capaz de sueños y sacrificios, y también asesinos y pedófilos, etc., etc. La prensa ilustra lo certero de esta afirmación cada día.

Para que vean lo profundo que soy, he aquí una hipótesis: cada uno es lo que es, vale por sus acciones y mucho menos por sus decires. Cada uno se construye a si mismo. Las cualidades positivas (por ejemplo, el honor, la lealtad, la nobleza, la honra) no vienen incluidas con el sombrero campesino, el chamanto, la sotana, el uniforme militar, la corbata, el número de consejos de administración a los cuales se pertenece, la aparición en las páginas sociales, etc. No forman parte de los ingredientes de la marraqueta con que, dicen algunos, se nace. Se adquieren durante la vida, cada día. Algunos nunca las alcanzan. Otros ni siquiera saben que existen.

¿A qué viene todo esto? No tengo claro. Quizás (la mente es tan caprichosa, tortuosa...) se debe a que esta mañana leí la declaración del comandante en jefe del ejército, Oscar Izurieta Ferrer, sobre la solicitud de “retiro voluntario” presentada por el general de división Gonzalo Santelices Cuevas, quién deberá declarar como inculpado por su presunta participación en la Caravana de la Muerte. Dicha declaración me recordó las composiciones que debíamos escribir en la escuela primaria durante las efemérides nacionales con abundancia de generales, o los discursos militares en el desfile del 18 de septiembre en la hermosa plaza de mi pueblo, en que las palabras honor y sus derivados y sinónimos eran lo central. Seguramente Oscar se sacaba muy buenas notas en esos escritos escolares. Pero seguramente era muy porro en Historia, lejana y sobre todo reciente. Mala cosa para un comandante en jefe en período democrático.

04.02.08

31.1.08

HA MUERTO VOLODIA

Hoy ha muerto Volodia Teitelboim. Reproduzco nuevamente un recuerdo escrito en 2001.

3 VECES VOLODIA

UNA

El bus pasa dejando la estela de voces/aullidos, “Suelta el remo, marinero, que me conmueve tu manera de remar..., “, “adolorido, adolorido...”, con muchos “mmm, mmm...” allí donde no se atreven a pronunciar la nueva versión de la letra, “vamos a Chantago, vamos a Chantagooo, vamos...”. Varios vamos por primera vez a la capital. Ya era tiempo. Estamos en Sexto de Humanidades, listos para salir a enfrentar al mundo.

Elena, la profesora de francés, mira sonriendo, paciente, sonrojándose de vez en cuando.

A la entrada de Santiago, griterío ensordecedor. Una gran motocicleta roja se pega al bus. El conductor, con chaqueta de cuero, con gorro y anteojeras como piloto de la primera guerra mundial, agita la mano. El choro Márquez, Julio de apelativo, nuestro profesor jefe.

El bus se detiene ante del Congreso Nacional. Muchas columnas, macizas y altas. No puede existir solemnidad sin columnas. Jardines, prados, árboles, palmeras, como un cinturón verde del edificio. El Choro nos saluda y nos dirige hacia el interior. Va hacia Informaciones. Esperamos unos minutos. Un personaje con cabeza de caricatura se aproxima. Caricatura solemne, con presencia, que impone respeto. Cabeza grande, redonda, el cabello se ha atrincherado alrededor de las orejas y los músculos alrededor de la cintura, sobre todo en la parte delantera, nariz aguileña, voz pausada, manos atrás, mira con curiosidad a estos bichos de provincia. Su nombre es tan complicado como su físico. Volodia Teitelboim Volosky, diputado comunista desde el año anterior, 1962. Tres años después sería elegido senador.

Volodia nos conduce por los salones y dependencias del Congreso. Maderas oscuras, brillantes, cielos rasos muy altos, lámparas innumerables, pasillos, oficinas, gente circulando apresurada, algunos rostros vistos en los diarios. Volodia informa, da detalles, cuenta anécdotas, con su voz tranquila. Nosotros somos apenas un zumbido, un semicírculo que avanza tras sus pasos, enjambre de cabezas que giran, ojos ansiosos, oídos atentos. El Poder legislativo, que hemos discutido en Educación Cívica, pero que nos hemos representado gráficamente estudiando la revolución francesa antes que en la historia de Chile, que siempre se terminaba con la enumeración de las obras de los decenios de la República autoritaria y la guerra del Pacífico.

Broche final: la gran sala del Congreso Pleno. Allí donde González von Marés, el líder nazi, sacó su pistola y disparó hacia el techo, y los carabineros lo sacaron a rastras. Allí, donde Allende y Frei Montalva insistieron en pedir la palabra para responder al Mensaje a la nación de Jorge Alessandri. El abrazo de Maipú de fray Subercaseaux preside todo, allá arriba de la testera, donde se han sentado el León, Allende, Frei, tantos ilustres.

Nos despedimos de Volodia, agradeciendo la visita, las informaciones y las ricas onces.

Camino al Teatro Antonio Varas, el Choro nos informa sobre nuestro anfitrión, a la sazón de 46 años. A principios de siglo, su progenitor había dejado el molino de su padre en la gobernación de Kamenetz-Podolsk, Ucrania, y partió en busca del Edén. Llegó al fin del mundo, a Chile. Por su parte, quien sería su esposa, madre de Volodia, vivía con su familia en Brechon, cerca de Kishiniov, la capital de Moldavia; muerta la madre, los ocho hijos se rebelaron contra la madrastra e iniciaron la diáspora. Siete terminaron en Chile, una en Montréal, Canadá. Los futuros padres de Volodia se conocieron y casaron en Chile.

Allí en Chillán nacería Valentín en 1916. La chapa que le impusieran a principios de los años ’30 los de la Jota, Volodia, se convertiría en su nombre habitual. A los 19 se había hecho conocido por una insolencia juvenil. Junto a Eduardo Anguita, de 20, publica en 1935 una Antología de la poesía chilena nueva, donde “los escogidos debían ser los poetas del futuro, los creadores de la palabra nueva”, pues querían abrir paso al siglo XXI; así, excluyen a Gabriela Mistral y Carlos Pezoa Véliz, demasiado anticuados; privilegian a Huidobro, el revolucionario de la poesía, el rupturista, el maestro para ellos; deben negociar con Pablo de Rokha su inclusión (ni una página menos que aquél, inclusión de “la mejor poetisa del mundo”, su mujer Winnet de Rokha); sin obra consistente, ambos antologistas se autoincluyen.

Años después Volodia también escribiría “algunas cositas” notables. “El amanecer del capitalismo” (1943). “Hombre y hombre”. La novela “Hijo del Salitre” (1952). “La semilla en la arena (Pisagua)”. Mucho después, vendría “En el país prohibido”, crónica de su estadía clandestina en Chile, cuando existían listas de no ciudadanos, cuando pasaportes llevaban la cadena de la “L”, cuando la patria se podía visitar con otro nombre, con otro rostro, evitando barrios, familiares y amigos. Vendría las biografías “Neruda”, “Gabriela Mistral, pública y secreta”, “Vicente Huidobro, la marcha infinita”, “Los dos Borges, vida, sueños, enigmas”. Y el balance de una vida larga y fructífera, “Antes del olvido”, en tres tomos. También el volumen con las crónicas del “Escucha, Chile”, las ondas que unían los dos Chile, el interno y el desperdigado por tanta geografía.

Empezó como poeta. Siguió como político, como miembro eterno del Comité Central (CC) del Partido Comunista (PC), como parlamentario, y hasta como presidente del partido, cuando éste necesitaba tener un rostro más amable, más aceptable[1] para la “opinión pública”, en la víspera y los primeros tiempos de la vuelta a la democracia Retornó a paso firme hacia su amante, la literatura, en los ’90. Nunca a tiempo pleno, siempre dejándose tentar por la otra actividad. Siempre intelectual, siempre militante. En ese ir y venir, conservó su propia personalidad más allá de la caricatura que han presentado de los comunistas. Porque, diría Lira Massi, Volodia “es otra cosa. Es una individualidad. No parece comunista. Parece más bien un durazno blanquillo con el cuesco marxista” [2].

Volodia quedaría en mi memoria junto con ese primer viaje a Santiago y con “El círculo de tiza caucasiano”, obra de Bertold Brech protagonizada en el Antonio Varas por Roberto Parada, ancha su voz y potente, estremeciendo el teatro, como había hecho vibrar el vinilo con el “Viva Chile, mierda”, los versos de Fernando Alegría en un extended play de los ’60. En los ’80, lo vería en otra obra en Montréal, sobre hombres que sufren, luchan y sueñan con la libertad. Sobre un escenario le avisarían que acababan de encontrar el cadáver de su hijo, Juan Manuel, secuestrado días antes, en otro septiembre infame

DOS

Moscú, tres años después de la visita al Congreso. Volodia y Luis Corvalán están de paso. Vienen al 23° Congreso del PCUS (29 marzo-7 abril de 1966). Visitan la universidad, se reúnen con la Asociación de estudiantes chilenos. ¿Ha visto la caricatura que publicaba la revista Topaze de quien sería Secretario General del PC durante 27 años (desde 1958, a la muerte de Galo González)? En realidad, no era una caricatura: era una foto un tanto retocada del Lucho. Como Volodia, Corvalán es achinado, nariz aguileña. Pero con pelo y con patitas cortas. Son de la misma estatura cuando Lucho se pone de pie para hablar y Volodia lo escucha, fraternalmente sentado. Volodia habla bien. Corvalán trata de ser “coloquial”, hablar en “popular”, aunque es profesor. Para quienes están lejos del país ya cierto tiempo y estudiando duro es refrescante, pero sobre todo produce nostalgia escucharlo. Como el invierno ruso es largo, seguramente el Secretario General andaba con su poncho y el sombrero.

Corvalán informó de algunos aspectos del 23° congreso del PCUS, celebrado a un año del 50° aniversario de la revolución de octubre, con la participación de invitados de 86 partidos comunistas, socialistas y progresistas de todo el mundo. 4.943 delegados de un partido que cuenta más de doce millones de militantes, un tercio más que la población de Chile en aquel momento (8.639.000 habitantes).

¿Y Chile, camaradas?

El carácter de la campaña presidencial de 1964 (la campaña del terror desatada por la derecha) y la contundencia de la derrota (Frei, con el apoyo de la DC, Conservadores y Liberales, obtuvo el 56,09 % de los votos; Allende, con el PS y el PC, consiguió el 38.93%), habían dejado huella. Se le negaba “la sal y el agua” al “gobierno reformista”, a la “nueva cara de la derecha”. El FRAP no asistió a la proclamación del presidente electo en octubre de 1964, y la ceremonia debió posponerse para el día siguiente, donde ya no se requería quórum. En las elecciones parlamentarias de marzo de 1965, la DC obtuvo el 43.6 % (82 diputados sobre 147 y 13 senadores de 45), mientras en la oposición el PR sacó 13.7 %, los conservadores 5.3%, el PS 10.6%, el PC 12.8%.

Más allá del rechazo ideológico de este proceso “reformista”, los dirigentes de la izquierda seguramente veían que la discusión legislativa y posterior aplicación del programa de gobierno de la revolución en libertad (promoción popular, ley de sindicalización campesina, ley de reforma agraria, chilenización del cobre, etc.) podía cristalizar por largo tiempo este cambio en la correlación de fuerzas político-electoral. Perder las elecciones es una cosa. Perder las banderas es otra. Y esto último es más peligroso. Por eso, el tono es acervo. Del 10 al 17 de octubre de 1965, el PC ha realizado su 13° Congreso, centrado en estos temas, en ofrecer una vía para evitar la desesperanza.

No es tarea fácil ser reformista. Aún menos, ser reformista consecuente. Por ser reformista, el gobierno de Frei tenía la oposición de la izquierda. Por ser demasiado reformista, tenía el rechazo de la derecha, que veía el pecado capital en esa nueva concepción del derecho de propiedad (sí se empezaba con la reforma agraria, ¿dónde seguiría, donde se terminaría?). Por provocar insatisfacción en los primeros y temor en los segundos, reinaba inquietud en el país, y esto nunca le ha gustado a las capas medias que, además, no tenían claro la respuesta a la pregunta clásica: “¿cómo vamos nosotros ahí?”. La DC estaba en aprietos y había esperanzas, pues, que todo terminara en cosas buenas para la izquierda y para la causa de la verdadera revolución. Tal era la conclusión implícita en el informe de Corvalán.

Con su cara aburrida, Volodia asiente.

¿Y el FRAP, Volodia?

Optimismo. Todo pasa por la unidad comunista-socialista, que debe fortalecerse cada vez más, compañero. Aniceto Rodríguez, SG del Partido Socialista, encabezó la delegación socialista al 13° congreso y ha reiterado su intención de continuar con el FRAP, aunque han expuesto divergencias políticas en una carta dirigida al PC en esos días, y luego otra el 24 de junio de 1966. Hablando de sus socios, Volodia no podía evitar dejar traslucir cierta inquietud paternal implícita. Con sus silencios, encogimientos de hombros, miradas recíprocas con Corvalán, se podía leer el mensaje subliminal. Ustedes ya conocen a los socialistas, tan desordenados, voluntariosos, parecía decir, con un partido que no es marxista, que no se rige por los principios del centralismo democrático, con los defectos de la pequeña burguesía, que vacila entre el optimismo exagerado y la depresión, entre la guerrilla y la colaboración de clases. Pero el pueblo chileno tiene, felizmente, a su partido proletario, marxista-leninista, que tiene las cosas claras...

¿Es verdad que usted será elegido SG del partido en lugar del compañero Corvalán, compañero Volodia?

Después de intercambiar una mirada, Corvalán entrega la respuesta cliché, quitando importancia al asunto.

Cada cierto tiempo la derecha lanza estos rumores, para crear la impresión que la Dirección del partido está dividida sobre cuestiones personales. Las huifas, compañeros. Tenemos una línea política monolítica, lo que no significa que no se manifiesten ideas diferentes en nuestras reuniones de la Comisión política, en los plenos del CC, en las comisiones, en el congreso. Pero todos aceptan el centralismo democrático: una vez discutida y aprobada, sólo hay una línea. Los personalismos pequeño-burgueses no tienen cabida. Estoy a disposición del partido para servirle en cualquier puesto o como simple militante. Pero el reciente congreso decidió reelegirme. De la misma manera, el partido puede reemplazarme. Pero no es una cuestión que esté hoy a la orden del día. Y Volodia está muy contento de no haber sido nombrado. Él me ha dicho que sus inclinaciones no van por ese lado. El es un intelectual, un escritor, y ya sabemos que a los intelectuales les cuesta asumir la disciplina que requeriría un cargo como el de SG. Quiere tener el tiempo para no abandonar del todo sus labores de escritor. Y el partido lo estimula porque tiene mucho que entregar en ese sentido, ¿verdad, Volodia?

La esfinge sonríe. Agrega su granito de arena al cliché:

¿Me imaginan ustedes todo el día en reuniones, recorriendo las células del partido a lo largo del país, dando conferencia de prensa tras conferencia?...

Los jóvenes también sonríen, comprensivos. Un jotoso me fulmina después de la reunión cuando le pregunto “¿Y tú, te habrías imaginado a 'patitas cortas' como SG, antes de la muerte de Galo González?”.

Para terminar, un frugal cóctel comunista. Una amiga me arrastra hacia Volodia para proponerle un brindis.

¡Por los verdaderos revolucionarios, compañero!

¿Y quienes serían esos, compañera?, pregunta Volodia, ante el tono algo desafiante de la estudiante.

Ella sonríe, misteriosa, y se aleja... Han llegado a Moscú los rumores aún tenues de la polémica del PC chileno con el PC cubano sobre las vías de la revolución. El MIR ya está dando dolores de cabeza a sus papis...

TRES

Valparaíso, Biblioteca Severin, 1998. Lanzamiento del libro de memorias "Antes del olvido", tomo I: "Un muchacho del siglo XX". Un profesor universitario hace una presentación demasiado académica, demasiado apegada al libro en cuestión, leyendo largos párrafos. La verdad es que dicha lectura podría alejar antes que atraer lectores. No es gran literatura esta obra. La riqueza no está en la forma, sino en la vida que subyace tras esas líneas, en el contexto de esa vida que se asoma al mundo en ese período de entreguerra, convulso, con muchos espíritus grandes, pequeños, medianos y muchos obtusos, donde se construían muchos cimientos fundamentales en el siempre renovado proyecto de país. El primer gobierno del León, el período de anarquía, la dictadura de Ibáñez, la sublevación de la escuadre, la república socialista, los primeros tiempos del poeta del amor y de la América profunda (Neruda), el poeta que quiere arrasar todo para revolucionar los espíritus salvo el propio (Huidobro), el poeta torrencial y ampuloso (Pablo de Rokha), la sabia Gabriela, el nazismo criollo, el Frente Popular, la Corfo y el inicio de la industrialización...

Volodia, siempre alerta, pero se nota físicamente cansado. ¿Es ese día, o son los 82 años? Ha trabajado mucho últimamente. Tiene muchos proyectos. Siente que le falta el tiempo, que le faltará.

Mientras le tiendo mi ejemplar para su firma, le menciono mis recuerdos de Santiago, de Moscú. Ah, ¿estuvo por allá?, murmura.

¿Cuándo viene el segundo tomo?, pregunto.

Primero hay que escribirlo, compañero, susurra, con un tono que dice que sí, que lo escribirá. Hay poco tiempo, pero hay el suficiente...

¿Lo habrá para el Premio Nacional de Literatura?


16 Diciembre de 2001

[1] ¿Habrá experimentado un sentimiento de revancha estética Volodia ante esto último? Qué va, es un hombre demasiado serio para ello.

[2] Eugenio Lira Massi, La cueva del Senado y los 45 senadores”, 1968.

28.1.08

AVISO DE INCENDIO

El conflicto mapuche -y el que mantienen otros grupos indígenas- deriva de la necesidad de reconocimiento, una de las pulsiones más hondas de la condición humana. Esos grupos sienten que su identidad ha sido negada. Por eso el conflicto no cederá un milímetro si -con esa mezcla de ignorancia y de poder- se le sigue tratando como un caso de seguridad pública.

Carlos Peña

El Mercurio, domingo 27 de enero de 2008

La llegada del bicentenario -no falta mucho- acentuará el conflicto con los pueblos indígenas. La muerte de Matías Catrileo y la huelga que mantiene Patricia Troncoso -se está dejando morir de hambre- son síntomas de un problema de amplias repercusiones acerca del cual en nuestro país hemos preferido cerrar los ojos.

A la política del olvido que se mantuvo durante más de un siglo, agregamos hoy la negación pura y simple.

Como si lo indígena hubiera sido asimilado sin violencia y sin exclusión. En suma, como si entre nosotros el pasado no originara ninguna deuda.


Todos los pueblos, claro, construyen su memoria sobre un conjunto de tachas y borrones que dejan ver algunas cosas y ocultan otras. Así ha ocurrido siempre. Está en la misma índole de la memoria ser, a la vez, un artefacto de recuerdo y un mecanismo de olvido. Las comunidades y los pueblos exigen a la memoria olvidar todo aquello que pueda hacer dudar de su propia existencia y de su propia legitimidad.

Como sugirió Nietzsche, cuando la memoria dice ¡recuerda!, el orgullo dice ¡olvida!

Y casi siempre gana el orgullo.

Nosotros, por ejemplo, olvidamos cuánta violencia y cuánta exclusión fueron necesarias para construir eso que hoy día llamamos estado nacional y del que, con razón sin duda, nos enorgullecemos.

La nación chilena fue el resultado de un gigantesco proyecto de homogeneización cultural que se llevó a cabo por las élites del diecinueve a fin de crear o constituir un público leal a las instituciones estatales. Ese exitoso proyecto de construcción de la nación exigió reducir el territorio del que disponían los pueblos originarios; esparcir el castellano forzando el olvido de la lengua materna por parte de muchos grupos; exterminar a algunos grupos o tolerar que se les exterminara; pacificar mediante la fuerza amplios territorios que se resistían a la aculturación; e imponer un cierto modelo de disciplina cultural y social.

En otras palabras, el revés del estado nacional fue una exclusión coactiva. Y es que -ya lo dijo Benjamin- detrás de todo documento de civilización se esconde un momento de barbarie. Tal cual.

Fue un muy exitoso proyecto. De eso no cabe ninguna duda. Y mientras se le ejecutó, cada una de las partes involucradas redefinió su identidad. A fin de cuentas, lo que cada uno es hoy día en Chile es resultado de ese conflicto, de ese choque, podríamos decir hoy, de etnicidades.

Pero, ya se sabe, lo que se olvida y se reprime tiende a veces a volver en acto. Es lo que los psicoanalistas llaman transferencia: la escenificación de lo reprimido.

Algo de eso es lo que está ocurriendo con el conflicto mapuche.

Por eso negar ese conflicto -a fin de cuentas, el retorno de lo reprimido- no surtirá ningún efecto. En vez de eso, encenderá una y otra vez los ánimos y arriesgará que quienes hasta ahora se mantienen al margen del conflicto entren a participar de él.

Lo mejor entonces es reconocer el problema, abrirse al diálogo, y adoptar medidas que salden la deuda de la memoria.

Durante el gobierno de Lagos, una comisión presidida por Patricio Aylwin sugirió un puñado de medidas sobre las que, quizá, haya que volver.

Entre esas medidas -ninguna de las cuales se adoptó entonces- se encontraba el reconocimiento constitucional de los pueblos originarios, la asignación de derechos lingüísticos y territoriales y acciones afirmativas para asegurar su participación política.

Todo eso, que parece un exceso inexplicable, ha ocurrido en otras partes del mundo que experimentaron heridas similares. Y es que la multiculturalidad hoy día no espanta a nadie, salvo a nosotros. Muchos estados europeos la asumieron de manera consciente, como ocurre con la civilizada Suiza, la tranquila Bélgica, la moderna Canadá o la cercana España. Otros están empeñados en ese proceso, como ocurre en la republicana Francia con Córcega o en las emergentes Nueva Zelandia, con los maoríes, o en Australia.

En nuestro país, en cambio, hemos preferido tratar los reclamos de esos grupos como un caso de simples reivindicaciones violentas. Nos negamos a ver que en ese conflicto hay algo que está a la base de la condición humana: la necesidad de reconocimiento. Y es que los pueblos, como los individuos, buscan que la certeza que tienen de sí mismos les sea devuelta por los otros.

Cuando ello no ocurre -lo dijo Hegel- hay peligro de incendio.

17.1.08

El sentido del cambio

Carlos Peña
Miércoles 09 de Enero de 2008

Los gabinetes ministeriales cumplen, en términos generales, dos funciones: por una parte diseñan y ejecutan las políticas públicas; por la otra, dibujan el rostro del gobierno e inciden en sus niveles de reconocimiento. Un gabinete puede funcionar en una sola de esas dimensiones o en ambas. Puede ser eficiente desde el punto de vista del policy making; pero torpe a la hora de lograr el reconocimiento. A la inversa, puede ser sagaz a la hora del reconocimiento; pero torpe a la hora de las políticas públicas.

El ideal, claro, es un gabinete capaz de ambas cosas: de eficiencia y de reconocimiento.

¿En cuál de esas dimensiones falló el gabinete saliente?

El cambio de ayer parece estar inspirado en el convencimiento de la Presidenta de que no es el policy making el problema del gobierno, sino la política. Es decir, que su principal obstáculo no es la eficiencia en el diseño o ejecución de políticas públicas, sino su relativa incapacidad para traducir esas políticas en adhesión y en reconocimiento de las élites y del electorado.

De ahí que a la hora de escoger ministros eligió en puestos claves a políticos profesionales. Es decir, a personas que saben cómo ganar la voluntad ajena, construir acuerdos y, cuando es necesario, pero sólo cuando es necesario, retroceder.

El paradigma de lo anterior es Edmundo Pérez Yoma. Es difícil encontrar a alguien más enterado de los recovecos del poder y de lo que es necesario para imponer la propia voluntad que el nuevo ministro del Interior. Él es el político por antonomasia: se mueve como pez en el agua en la administración del Estado y sabe ganar la voluntad ajena o, cuando es necesario, torcerla (es cosa de preguntarle a Stange) o simplemente abandonarla (como ocurrió con Frei).

Por su parte, la sustitución del policy making por la política la ejemplifica bien el cambio de Bitran por Bitar.

Bitran, desde el punto de vista técnico, fue inobjetable y el tiempo ayudará a aquilatar su buena gestión. Su problema es que no podía evitar la convicción –que suele ser fatal en política- de que hay un continuo entre la racionalidad de una decisión y el reconocimiento de la ciudadanía. Que basta ser racional para ser popular. Bitar en cambio sabe que ese continuo no existe y que la tarea de la política consiste en producirlo.

En fin, las nuevas designaciones son un signo elocuente de la voluntad de la Presidenta de aliarse con los partidos en contra de las disidencias o facciones que han surgido el último tiempo: en su conjunto, el gabinete es todo un gesto a Alvear (contra Zaldívar); a Bitar (contra Flores y Schaulsohn); y a Gómez.

12.1.08

¡CHAÍTO, NO MÁS!

Los diputados Jaime Mulet, Pedro Araya, Alejandra Sepúlveda, Carlos Olivares y Eduardo Díaz anunciaron hoy su renuncia al Partido Demócrata Cristiano (PDC). Terminan así el suspenso o quizás sus vacilaciones, trece días después de la expulsión del senador Adolfo Zaldívar. Lo acompañarán quizás –no están seguros aún- en su aventura de crear un nuevo referente de más que incierto futuro, dado el sistema binominal, que favorece a los grandes conglomerados (paradójicamente, Olivares y Díaz fueron “arrastrados” por sus compañeros de lista gracias al binominal). Lo más probable es que perderán su envestidura en las elecciones parlamentarias de 2009.

Su alejamiento de la DC y de la Concertación deja la siguiente correlación de fuerzas en la Cámara de Diputados: Concertación 57, Alianza por Chile 54, Independientes 3, Chile Primero 1 (grupo formado por emigrados del PPD) y ahora los 5 Colorines. Vale decir, los ex Concertación tendrán la sartén por el mango. Complicado panorama para el gobierno.

¿Por qué han renunciado? Como siempre en estos casos, la respuesta verdadera debe buscarse en su accionar de los últimos años, no en sus declaraciones de ahora. Sin darse cuenta quizás, se autodescriben al señalar los males de la DC. Las ambiciones, la lucha por el poder, la utilización de artimañas al filo de la legalidad. No hace tanto tiempo, siendo presidente del partido, Zaldivar daba conferencias de prensa para exigir más cupos gubernamentales y en el gabinete durante el gobierno de Lagos y de Bachelet, expresando que los que ya estaban en él no lo representaban porque eran de otra tendencia interna. Se reveló como experto en el chantaje político. Ahora, fuera del partido, sobredimensionará esta “habilidad”. Dicen que se van por la “ambición” de Alvear de ser presidenta, y lo dicen estos seguidores de Zaldívar que nunca apareció en las encuestas pero hizo lo imposible para lograr la nominación de la DC contra Alvear, para enfrentar a Bachelet; alcanzó niveles inéditos de descalificación contra ambas, como antes lo había hecho contra Lagos. En ambos caso, se retiró a su circunscripción amurrado cuando perdió la interna.

Como siempre en estos casos, prestan significación trascendental a su partida: “nuestra decisión abrirá un amplio espacio de reflexión acerca de la necesidad de realizar esfuerzos serios por parte de los partidos políticos para democratizarse, abrirse y representar a la ciudadanía”. Parece difícil ver en Adolfo Zaldivar, senador de verbo e ideas simplonas y repetitivas, un líder intelectual, como en los parlamentarios que lo han seguido. Nunca intentó siquiera definir qué era el “modelo económico” que quería cambiar y en qué lo cambiaría, a pesar de que era su muletilla, su letanía. Estos expertos en la muñeca y la conjura interna ven en su partida una ocasión para que el pueblo vea la posibilidad de discutir los males de la política, para que vean “que los partidos y el poder político son instrumentos para servir al país y defender a la gente, y no una máquina infernal que no respeta a las personas, abusa de sus ilusiones y defrauda su confianza”!!!

Está claro que la praxis política, en general, en todos los partidos, está profundamente contaminada y alejada de la gente. No se ven por ahora los individuos ni los grupos que podrían iniciar un proceso de depuración. Nada se logrará mientras los partidos sean exclusivamente máquinas de poder y no canales de expresión ciudadana, vehículos de grandes sueños y de políticas en bien de las mayorías.

Pero un grano de arena –quizás insignificante- en esa vía es la salida de este grupo de la DC. Ningún partido – instancias vitales a la democracia, a pesar de sus taras- puede funcionar si tiene un quiste permanente, dedicado a abusar del poder interno cuando lo tiene, y a tratar de impedir su funcionamiento cuando lo ha perdido. Hay lealtades mínimas con las ideas y los proyectos que deben respetarse.
08.01.08